La vida es más que conjunto de placeres y desaciertos. Pero es muy cierto que estos placeres y desaciertos son los que marcan nuestro rumbo. La mayoría de nuestras decisiones son tomadas para alcanzar un placer o por consecuencia de un desatino. Un nuevo placer se ha agregado a mi pequeña colección de vicios.
Es muy cierto que estoy enamorado del chocolate desde hace mucho tiempo. El chocolate es el perfecto sustituto de la coca-cola. Produce tanto placer en el paladar como frescura en el cerebro. Es una suave brisa que sopla sobre la cabeza estresada. Es una forma de aclarar ideas. Es un vicio del que es difícil de deshacerse.
Mis hábitos alimenticios están cambiando poco a poco. Me parece que después de la hiperactividad de los primeros años de la juventud, donde no se logra apreciar el efecto refrescante de una taza de chocolate humeante, los sentidos del pacer se agudizan. Es algo así como que uno logra disfrutar en mayor grado de las pequeñas sutilezas que destilan los alimentos. Es más fácil distinguir un vino de otro, la suavidad de una bebida frente a otra. El chocolate es el gran beneficiado en esta lucha de sabores.